Altar antiguo con una serpiente enroscada en un báculo, el trono de Satanás en Pérgamo


En la Parte 4 estudiamos la epístola a la iglesia de Esmirna, una congregación perseguida e intachable a la que Cristo no dirigió ningún reproche. La tercera carta de la serie, registrada en Apocalipsis 2:12-17, va dirigida a la iglesia de Pérgamo: una comunidad de creyentes que, a pesar de mantener la fe en medio del martirio y de habitar en un entorno espiritualmente adverso, incurrió en un grave peligro eclesiológico al volverse una iglesia complaciente y alcahueta que toleraba falsas doctrinas en su seno.

1. Contexto histórico y geográfico: La ciudad de los pergaminos y el trono de Satanás

Al igual que Éfeso y Esmirna, Pérgamo ostentaba en el siglo I el estatus de «ciudad libre» bajo la administración del Imperio Romano. Esto significaba que contaba con autonomía política y judicial. Sin embargo, al existir menor intervención directa del Senado romano, las autoridades locales gozaban de mayor libertad para ejercer persecuciones severas contra el pueblo cristiano.

Pérgamo destacaba por varios factores clave en la antigüedad:

  • Lealtad a Roma y culto imperial: Fue la primera ciudad de Asia Menor en erigir un templo dedicado explícitamente al culto del emperador (Roma y Augusto), convirtiéndose en el centro neurálgico de la adhesión política al imperio.
  • Centro de saber y producción de pergaminos: La ciudad dio origen al «pergamino» (material de escritura elaborado con pieles pulidas de animales). Contaba con una biblioteca de más de 200.000 volúmenes que rivalizaba directamente con la célebre Biblioteca de Alejandría, albergando a una élite culta y educada.
  • El Gran Altar de Zeus: Un colosal monumento arquitectónico erigido en la acrópolis de la ciudad, dedicado a Zeus Salvador.
  • El templo del dios Asclepio y el «Trono de Satanás»: En Pérgamo se encontraba el Asclepeion, un afamado santuario dedicado a Asclepio, el dios griego de la medicina, la sanidad y la restauración física. Los enfermos acudían desde todas las regiones para someterse a rituales de sueños terapéuticos. La iconografía de Asclepio consistía en un báculo o asta con una serpiente enrollada (símbolo que hasta el día de hoy preserva la medicina moderna). Dado que en la teología bíblica y judía la serpiente representa directamente a Satanás, la declaración de Cristo: «Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás», constituye una referencia directa a la dominación espiritual que ejercía el culto idolátrico a Asclepio sobre la ciudad.

2. Cristología: La espada aguda de dos filos

En el versículo 12, el Señor se presenta a la congregación con un atributo particular: «Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto».

Esta revelación tiene un significado profundo para una ciudad caracterizada por sus grandes bibliotecas y la fabricación de pergaminos. Frente al conocimiento humano, la filosofía o la erudición académica, Cristo se revela como el portador del único escrito dotado de autoridad absoluta e inquebrantable: la Palabra de Dios. Para la fecha en que el apóstol Juan redactó el Apocalipsis, la inmensa mayoría del Nuevo Testamento (los Evangelios, los Hechos y las Epístolas) ya circulaba formalmente entre las iglesias, quedando únicamente por redactarse el texto jónico final.

3. El elogio de Cristo: Fieles hasta el martirio de Antipas

En el versículo 13, Jesucristo reconoce la firmeza de la iglesia frente a la persecución sangrienta:

«Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás.»

A pesar de estar inmersos en una metrópoli dominada por potestades demoníacas y por la exigencia del culto imperial, los creyentes no renegaron del nombre de Jesús. La Escritura inmortaliza el ejemplo de Antipas, denominado por el propio Cristo como «mi testigo fiel», quien sufrió el martirio de forma heroica antes que rendir culto a las efigies paganas.

4. La reprensión: La doctrina de Balaam y la seducción idólatra

A pesar del heroísmo mostrado durante la persecución externa, la iglesia padecía una peligrosa descomposición interna. En los versículos 14 y 15, el Señor pronuncia la causa de su reprensión:

«Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de lo sacrificado a los ídolos, y a fornicar. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco.»

El trasfondo histórico de Balaam (Números 22–25 y 31)

El relato del Antiguo Testamento registra que Balac, rey de Moab, contrató al profeta pagano Balaam para maldecir al pueblo de Israel. Dado que Dios convirtió las maldiciones de Balaam en bendiciones, el profeta perverso ideó una estratagema sutil para destruir a Israel desde adentro.

Tal como confirma Números 31:15-16 y el historiador judío Flavio Josefo en su obra Antigüedades de los Judíos (Libro IV), Balaam aconsejó a Balac que utilizara a las mujeres moabitas y madianitas para seducir a los jóvenes israelitas. La condición impuesta por estas mujeres para acceder a la intimidad y a los banquetes era que los israelitas participaran previamente en los sacrificios y ritos idólatras a Baal-peor. Como consecuencia de ceder a la inmoralidad y a la idolatría, la ira de Dios se encendió contra el campamento, muriendo 24.000 personas en la plaga.

En Pérgamo operaban falsos maestros que replicaban la artimaña de Balaam: enseñaban que los cristianos podían transigir con la sociedad pagana, asistir a las festividades de los templos idólatras, comer alimentos sacrificados a los ídolos y participar de la inmoralidad sexual sin perder su condición espiritual.

5. La tolerancia a los nicolaítas y el peligro de la falsa misericordia

Sumado a la doctrina de Balaam, la iglesia albergaba en su seno a los nicolaítas —quienes, según los registros de los Padres de la Iglesia como Ireneo de Lyon (Adversus Haereses), enseñaban el libertinaje y la práctica de intercambiar cónyuges—. Mientras que la iglesia de Éfeso aborrecía las obras de los nicolaítas, Pérgamo los toleraba pasivamente.

El núcleo del problema en Pérgamo no era únicamente la presencia de falsos hermanos, sino la inacción y la falta de disciplina por parte del liderazgo pastoral. Como explicó el padre de la Iglesia Victorino de Petau (siglo III) en sus comentarios al Apocalipsis, la iglesia mantenía a estos falsos maestros bajo una apariencia de «falsa misericordia», creyendo que eran comprensivos al no aplicar disciplina. Sin embargo, al tolerar el pecado deliberado, estaban permitiendo la contaminación de toda la comunidad, aplicando la advertencia paulina de 1 Corintios 5:6: «¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?».

6. Exhortación y advertencia: Disciplina eclesiástica o juicio divino

En el versículo 16, Cristo emite una orden urgente de arrepentimiento:

«Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca.»

Los pastores y líderes eclesiales tienen la responsabilidad bíblica de velar por la pureza de la doctrina y la santidad de la iglesia, aplicando la disciplina eclesiástica cuando los transgresores rehúsan arrepentirse. Si el liderazgo de la iglesia no confronta el pecado ni expulsaba a los falsos maestros, el propio Cristo intervendría para juzgar a la congregación con la espada de su Palabra.

Asimismo, como observó Beda el Venerable (siglo VIII) en Explanatio Apocalypsis, la expresión «oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» demuestra que la advertencia contra la complacencia espiritual no era un mensaje exclusivo para Pérgamo, sino un mandato universal vigente para la Iglesia en todos los tiempos.

7. La promesa al vencedor: El maná escondido y la piedrecita blanca

El pasaje concluye en el versículo 17 con dos promesas gloriosas para aquellos que vencen la tentación del compromiso con el mundo:

«El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.»
  • El maná escondido: En contraste con los manjares inmundos ofrecidos en los banquetes idólatras, Cristo promete el verdadero alimento celestial. Como explicó el teólogo antiguo Ticonio, el maná que cayó en el desierto (alimento de ángeles, Salmo 78:25) era un tipo o figura de Cristo, quien es el verdadero Pan de vida descendido del cielo (Juan 6). Comer del maná escondido representa la comunión íntima y la vida eterna impartida por Cristo.
  • La piedrecita blanca con un nombre nuevo: En la antigüedad, una piedra blanca poseía diversos usos: servía como ficha de absolución en un tribunal judicial, o como entrada/santo y seña para acceder a banquetes reales exclusivos. Cristo promete otorgar al creyente una identidad restaurada y eterna delante de Dios. Así como Dios cambió los nombres de Abram a Abraham, de Jacob a Israel o de Simón a Pedro, la entrega de un nombre nuevo grabado en la piedra blanca revela la relación personal, única e inalienable que cada redimido disfrutará con su Creador en la eternidad.

Continuá con la Parte 6: la Iglesia de Tiatira.

Este es el quinto estudio de la serie sobre el libro de Apocalipsis.